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A la hora del té



Videominuto/Plano secuencia/Plano detalle

Historia de mi autoría que inspiro este corto:
“Inevitablemente es sábado, y como no puedo evitar el sábado tampoco puedo evitar la merienda con Tomas y Marta, no se puede, es como esas cosas físicas, biológicas que inevitablemente tenemos que afrontar.
No es que no los quiera pero la convivencia fue siempre un poco más que incomoda.
Sus cuatro años de pareja no pudieron resolverlo y probablemente si hubieran llegado a los diez tampoco.
Verlos ahí discutir, el minuto a minuto, que las tostadas estaban muy tostadas (que un poco cierto era) que el café son dos de azúcar y la diabetes, la hereditaria de Tomas, y su incapacidad de cuidarse porque total es joven.

Marta lidera las quejas frente a mí y sin ningún filtro, o más bien tal vez los tenga, no quiero imaginar lo que era cuando mi ausencia estaba presente.
No me va a alcanzar la vida para arrepentirme de haberlos presentado en ese taller de dibujo técnico, la generosidad del amigo en común, a escondidas dejarle caer a uno los gustos del otro y viceversa, de hacerlos coincidir en ese disco de Cerati, en que los dos son rosarinos y gustan de Fontanarrosa, y de las tostadas bien hechas.
Así como una campana que sorprende cuando no sabías de su existencia, los gritos de Marta que nunca había previsto me demostraron que nada sabía yo de ella, y él, que pronto se apresuró a responder y ese ida y vuelta del primer aniversario donde nos juntamos una tarde, obvio, de sábado a celebrar esa unión macabra que yo había hecho.

Y así se repetiría hasta hoy, hace algunas horas donde me recibieron, en su casa en ese clima clásico, mantel elegante en la mesa, como siempre, el delicado té en hebras de ella, el café negro de los hombres, las excesivas dos de azúcar de Tomas, el plato con abundantes tostadas demasiado tostadas (era real eso), el domino a medio jugar, las fichas repartidas, buscando un seis que nadie tiene y la pelea establecida, el cuchillo, la sangre y la muerte. Mi desconcierto al ver a Marta volver y juntar sus cosas, para salir como cualquier día, armar su cartera frente a mi, frente a la sangre, y en mi cabeza sonando una canción de Yann Tiersen con toda la ilusión de que al terminar, esto nunca hubiera sucedido.”

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